Constanza Rojas

“¡Papita, maní, tostón!” “¡Llévalo, llévalo!” “¡Papita, papita, maní, tostón!”. Puedo recordar esa voz, desde que mi papá me llevaba al estadio cuando era pequeño, me quedo grabado ese cantadito, esa particular forma de vender de un hombre que sin darme cuenta, yo admiraba, el señor Lorenzo, él era quien le ofrecía a todo fanático algo para picar, fuese o no del equipo de la casa, el señor Lorenzo le sacaba una sonrisa.

De piel tostada, así como trigueñito con ojos claros (fenotipo común en nuestra tierra) y una barba grandota que parece ser su sello distintivo entre tantos vendedores. Su voz, tiene ese toque que se  graba en la memoria, y si le preguntas por la trayectoria de algún jugador, te cuenta la historia a manera de clase magistral. Dichosos todos lo que coinciden con él, las tribunas saben que está cerca cuando escuchan su grito.

Es bien sabido que uno no puede estar en el estadio sin comerse algo, así que desde pequeño cuando mi papá me llevaba con él a los juego, me acostumbre a “picar” porque la ansiedad se vuelve poderosa cuando se le da la vuelta a la batería y ningún hombre al bate la saca de jonrón, nos pican las manos y “hay que mover la mandíbula” cuando están los tres hombres en circulación y uno lo que quiere es el out, de esa forma te relacionas con  Lorenzo, siempre dispuesto a calmar la angustia y fomentar la algarabía.

Conocí al señor Lorenzo, porque es el único desde que tengo memoria con el que siempre hemos coincidido durante varias temporadas, es así, como reconocíamos a la distancia su voz o el famoso pito cuando anunciaba sus ventas. En una ocasión, mi papá atendió a su oferta y le compró maní, recuerdo que todos estábamos ansiosos, el encuentro se encontraba en la parte alta del 9no inning e íbamos empatados, los eternos rivales estaban a casa llena y nadie se sentaba.

El coliseo estaba mudo, unos cruzaban los dedos para el ponche y otros para que la bola no regresara al campo, durante ese periodo, el hombre a quien por años había visto subir y bajar los peldaños de las tribunas, comentó junto a mi padre, algo que amplió mi visión sobre el juego de pelota. Rescato de ese momento compartido la frase de Lorenzo: “Los juegos con extra innings son como magia, todos quieren ver y vivir el encuentro que marca historia, todos quieren poder decir “Yo estuve allí”.

Esa noche, vimos jugar a los nuestros por nueve inning demás, euforia y cansancio, yo con 10 años de edad, apreciaba la figura en la lomita que trasmitía concentración, la respiraciones en todo el recinto eran lentas, la conexión entre el pitcher y el cátcher se notaba a millas y cada vez que había un hombre al bate, quienes cubrían las almohadillas se volvían guardianes feroces, al tiempo los dugouts se precipitaban a una lucha interna para que sonara el jonrón o se contaran los tres outs.

Yo, aún atónito por la experiencia y procesando las palabras de quien vende el amor y respeto de un fanático a modo de maní y tostón, seguía de pie, apreciando la magnificencia del público, los equipos, el campo y sus reflectores y todo aquello que las palabras de Lorenzo me hicieron descubrir.

Salimos victoriosos esa noche, un batazo elevado al jardín izquierdo y la celebración en el club-house, las tribunas y cada espacio del teatro -porque lo que allí sucede es arte- se hizo presente, la labor del señor Lorenzo había concluido, al igual que la nuestra como fanáticos, habíamos cumplido y de camino a las afueras del estadio, mi padre y yo vimos como el maestro de la noche – al menos para nosotros – se abría paso hacia la salida, con morral al hombro y sonrisa de alegría por la labor concluida.

Hago memoria y revivo visitar el estadio cada vez que los nuestros pisaban el terreno,  y recuerdo apostar con mi papá para que de alguna u otra forma me comprara maní del señor Lorenzo. Un personaje, así defino a Lorenzo por ser parte de la síntesis de lo que representa el juego de beisbol y es que en cada estadio al que voy, puedo encontrarme con un amigo que ofrece lo mejor de su trabajo para que otros también disfruten del encuentro.

“De esto se trata el béisbol, de pasión y compromiso”, al escuchar esas palabras supe que no me había equivocado, supe que era un lugar como ese en donde quería seguir creciendo, el béisbol me atrapó, lo elegí como estilo de vida porque ahora sacarla de jonrón y pisar el home, cubrir el infield o la tercer base, entrenar aquí y allá, son la herencia que recibo de personajes como mi padre y el señor Lorenzo. Ahora yo los veo desde el campo.