Parte de la magia del béisbol es su carácter impredecible; el hecho de ser un deporte tan volátil lo convierte en un auténtico espectáculo para todos, es esto lo que nos mantiene pegados al televisor o la radio hasta el out 27.

Una jugada puede cambiar drásticamente el resultado de un partido, una temporada o inclusive una carrera y el protagonista de esta historia lo sabe perfectamente.

Corría el año 2010, los Tigres de Detroit venían de un 2009 con récord de 86 ganados y 77 derrotas y como en cualquier equipo de la MLB la esperanza e ilusión estaba presente al inicio de la temporada.

Quizás en los albores de la temporada nunca llegó a pasar por la cabeza de los jugadores que serían participes de uno de los episodios más injustos de la historia del béisbol.

El tiempo pasó, partido a partido todo se fue desarrollando de manera normal hasta aquel agridulce 2 de junio. Armando Galarraga sería el lanzador del partido que enfrentaría a su equipo contra los Indios de Cleveland.

El venezolano no era una de las referencias de la franquicia; esto es algo razonable si tomamos en cuenta que estaba en la misma rotación de abridores que Justin Verlander o que compartía vestuario con jugadores como Miguel Cabrera.

Probablemente aquel día era como cualquier otro para Armando, era un partido más en el que tenía que salir a procurar hacer la mejor actuación posible y contribuir en la medida de lo posible con su equipo.

El juegoo comenzó y ese insípido día se fue transformando poco a poco en un sueño para el venezolano y todos sus compañeros, pues estaba pasando algo impensado para muchos. ¡¡El quinto abridor de la rotación estaba lanzando un juego perfecto!!

Armando no estaba solo en esta batalla casi utópica, junto a él estaba un grupo de peloteros de excelente calidad, que hicieron lo posible por aportar con sus guantes, y evitar con precisión quirúrgica que cualquier pelota se colara a un lugar indebido y de esta manera evitar un error garrafal.

Todo marchaba bien, en la parte baja del noveno inning, ya Detroit ganaba  tres carreras a cero, Miguel Cabrera les había dado la ventaja en el segundo inning con un cuadrangular y en el octavo inning sus compañeros consiguieron sumar dos rayitas más. Solo le quedaba al abridor criollo poder sacar a los tres outs correspondientes.

Era el turno entonces, de enfrentar al primer bateador de la entrada: Mark Grudzielanek, quien disparó un cañonazo que fue capturado de manera milagrosa por Austin Jackson, arrancándole un suspiro al público presente.

El siguiente era Mike Redmond, que luego de varios lanzamientos tira un rolling al campocorto Ramón Santiago y es retirado por la vía 6 – 3.

En este punto del encuentro casi todo estaba hecho, el equipo ya había hecho 26 de los 27 outs y solo le quedaba al venezolano medirse ante Jason Donald. Con cuenta de 1 y 1, el estadounidense batea hacia primera base una bola que parece haberse suspendido en el tiempo, un final de película estaba servido en bandeja de plata, Miguel Cabrera tomaría la pelota y se la daría a su compatriota para que hiciera historia y él mismo sentenciara su juego perfecto.

Ojalá hubiera sido así, Galarraga recibe la pelota, corre hacia primera base, pisa antes que su antagonista y ¡desastre! El umpire de primera percibe que el jugador llega quieto a la base y así lo indica, de esta manera ocurría una injusticia de proporciones épicas.

Donald, luego de percatarse de la decisión se lleva las manos a la cabeza, el pitcher criollo sonríe con una mezcla de incredulidad, molestia, ironía y todo aquello que se le pudo haber cruzado por la cabeza.

Cabrera fiel a su carácter, también se lleva las manos a la cabeza y posteriormente llenaría al árbitro de represalias. Nadie se lo creía y el estadio comenzó a abuchear al umpire.

Tocaba entonces finalizar el primer juego con 28 bateadores retirados en toda la historia, Armando, en una actitud humilde y profesional decide olvidar lo sucedido por un momento y terminar de cumplir con su tarea, retira a Trevor Crowe y se acaba por fin esta pesadilla que comenzó como un dulce sueño.

Fueron quizás muchas emociones en muy poco tiempo para Galarraga, pero así es el béisbol y el oriundo de Cumaná dio un ejemplo de cordura y deportividad.

No cabe la menor duda de que este jugador efectivamente hizo historia, tanto dentro como fuera del campo; posteriormente en otro partido perdonó a Jim Joyce (el árbitro), quien lleno de lágrimas se mostró muy arrepentido.

Una de las particularidades más grandes de esta historia es que Armando Galarraga y Jim Joyce hicieron un libro junto a Daniel Paisner, titulado “Nobody’s Perfect: Two Men, One Call, and a Game for Baseball History”: Nadie es perfecto: dos hombres, una llamada (en referencia a la decisión del umpire), y un juego para la historia del béisbol, que habla sobre este trascendental hecho.

Todos debemos procurar ser como este jugador venezolano en nuestro día a día, por más dura que sea la vida y más adversa sea nuestra situación, tenemos que salir adelante y no olvidar nunca cual es nuestra misión en este mundo.